1985: El año en el que no ocurrió nada

 

Me encantan las obras menores. Los libros breves que apenas se mencionan en las bibliografías oficiales. Los discos perdidos entre dos etapas de una banda. En este sentido 1985 es mi momento favorito de la historia del punk. Doce meses que apenas existieron. Un año de traspaso, sin un estilo dominante, sin una corriente estética ni musical.

Por un lado el hardcore estaba oficialmente muerto, cuando menos en su versión monolítica (cadáver que resucitaría un par de años después convertido en una especie de dogma de fe a través de la youth crew neoyorquina). Por el otro, Fugazi, como estandarte de la segunda ola de Dischord y allegados, todavía no se había formado.

Los grupos que formaban parte de la escena hardcore pero nunca habían encajado en ella seguían tan frescos e incomprensibles como antes. Abriendo sus propias puertas y rompiendo sus propias ventanas.

El final del hardcore primigenio había enterrado con él a un puñado de bandas. Ante tal debacle hubo distintas actitudes: los músicos más inquietos se plantearon explorar sonidos algo menos encorsetados; luego estaban los que dejaron la música para siempre, como si tres años de cabreo y griterío les hubiera bastado para toda una vida; y finalmente, los que nunca entendieron de que iba aquello, se metieron en el metal sin ni siquiera cambiar el nombre de la banda.

También estaban los raros. Aquellos a quienes nadie entendía. Los grupos que formaban parte de la escena hardcore pero nunca habían encajado en ella seguían tan frescos e incomprensibles como antes. Abriendo sus propias puertas y rompiendo sus propias ventanas. Como si cada uno de ellos estuviera sentando las bases para su propia religión. Fueron los Minutemen, Flipper, Saccharine Trust o No Means No de cada barrio, para quienes el 1985 fue igual de fructífero que el 1984 o el 1986, pues ni son de este mundo ni responden ante nuestros calendarios.

No, en 1985 no sucedió nada importante para la historia del rock. Ni nació ningún estilo musical, ni eclosionó ninguna subcultura juvenil. Solo un par de notas a pie de página. Pequeños detalles que lo cambiarían todo. Una de estas notas, subrayada hasta rasgar la página, es el LP de Rites of Spring. Una supernova de intensidad inigualable, la ruptura definitiva con eso de que la potencia está en el volumen, o en la velocidad. Rites of spring no se baila, se tiembla, se llora. Su potencia es trágica, sus emociones son a vida o muerte. Como si Picciotto y los suyos estuvieran jugándose la salud mental en cada compás y en cada verso. Después de aquello, y del consiguiente (y también menor) Revolution Summer, la escena de DC no tuvo más remedio que transformarse en otra cosa.

Otra anécdota sin importancia que ocurrió en 1985 fue que Hüsker Dü se volvieron bonitos. A sí, y también sacaron sus dos mejores discos. Sí, dos. Y sí: los mejores. Empezaron el año con New Day Rising, ligeramente más hermoso, directo y accesible que el venerado Zen Arcade. Y como quien no quiere la cosa, en setiembre del mismo año, patapam: Flip Your Wig. “Una cosita sin importancia en su discografía” dicen los entendidos, “un pequeño giro comercial”. “Una obra maestra” responde mi tocadiscos.

Pongo Flip Your Wig y se me activan fibras sensibles que treinta segundos antes ni siquiera recordaba que existían. Me desgarra el alma y me levanta la mirada. Tengo la piel de gallina de pies a cabeza, por dentro y por fuera. Flip Your Wig són los Huskers sin ruido de fondo (fue el primer disco que se produjeron ellos mismos) y con una sola idea en la cabeza: hacer canciones perfectas. Los son, todas. Épico e insuperable. Menor.

Hubo más discos menores ese año. Otro de ellos es I don’t want to grow up de Descendents, ninguneado incluso en el reciente documental sobre la banda, siempre a la sombra de la influencia que supuso Milo goes to college. Voy a decirlo bien alto y claro para que nadie se confunda: la Cara B de I don’t want to grow up es lo más jodidamente hermoso que ha dado el pop punk. “Silly Girl”, “In love this way”, “Christmas vacation”, “Good good things” y “Ace”, juntas y seguidas, son algo tan harmonioso, tan bien ensamblado, que hace que el mundo parezca un lugar mejor. Las cosas como son. ¿Qué tienen letras tontorronas y hablan de amor adolescente? Estamos hablando de Descendents, ¿qué es exactamente lo que no entendéis?

Hubo otras cosas menores en 1985, como el regreso de Bad Religion a lo conocido (uséase: al punkrock) después de su curioso flirteo con los sintetizadores, o el acercamiento de Circle Jerks al ROCK en mayúsculas con el memorable Wonderful, o la confirmación de la candidatura de 7 Seconds a mejor grupo de hardcore de todos los tiempos con la publicación de Walk together, rock together. También fue el año en que murió D. Boon de Minutemen, pero eso no es menor, sino triste.

 

Fotografía: Salad Days: A Decade of Punk in Washington


Ramon Mas (Sant Julià de Vilatorta, 1982)

ramon mas

Es autor de las novelas Crònica d’un delicte menor (L’Albí 2012) y Mentre el món explota (Males Herbes 2014), y de tres poemarios. También colabora en un sinfín de fanzines y blogs culturales. En 2010 fundó la revista literaria Males Herbes y en 2012 la editorial del mismo nombre. Como músico es parte implicada en FP y en los recientes Matagalls.