Saïm

Cualquiera diría que madurar es aprender a aceptar que la derrota forma parte de tu vida, como una especie de ruido de fondo. No se trata de grandes fracasos, sino de pequeñas pérdidas, de las renuncias del día a día y de cómo vas comprobando, poco a poco, que tu lista de cosas pendientes antes de hacerte mayor aún continúa sumando ítems mientras tu margen de llevarlas a cabo disminuye a un ritmo vertiginoso, porque el tiempo pasa más rápido a medida que te haces mayor y nadie te lo había contado —o si te lo contaron, no escuchabas. Y ahora se supone que eres una persona adulta, que no deberías malgastar tu tiempo en sueños inútiles y esperanzas vanas, que ya debes tener una casa en propiedad, un coche, una familia propia, obligaciones, créditos, proyectos a largo plazo, pero no tienes nada de todo eso.

Fràgil, de Saïm, es un disco sobre intentar construir algo a partir de los pedazos rotos de promesas traicionadas. De las que nos hicieron y de las que nos hicimos a nosotros mismos. De todo el dolor y el llanto que hemos dejado atrás, tanto el que hemos provocado, como el que hemos sufrido. Es un esfuerzo para intentar sacar del océano de escombros alguna certeza, por pequeña que sea, y que se vuelva un salvavidas sobre el que sostener aunque sea sólo un gramo de honestidad.

El segundo largo de Saïm es también una trepidante colección de himnos punk-rock que no temen a sonar íntimos, a mostrar los flancos y a bajar la cabeza, a admitir los errores aun sabiendo que volveremos a cometerlos. En este nuevo trabajo, el trío de Felanitx-Manacor ha ido a tiro hecho y ha trabajado con los hermanos Santi y Víctor García en Ultramarinos Costa Brava, el lugar idóneo para una banda como Saïm. Y en Ultramarinos han sabido sacar provecho de una banda que, desde que publicó Accidents (Bubota, 2017), no ha dejado de hacer conciertos y de crecer ante la mirada de todos, convirtiéndose en uno de los valores más sólidos de la escena.

En Fràgil, además, se confirma tanto la evolución melódica del grupo como la ya contrastada contundencia de una base rítmica formada por los hermanos Natàlia y Daniel Gómez, que impulsa las guitarras de Joan Roig con una ferocidad heroica. Hay aquí algunas de las mejores canciones que han hecho: “Autumne”, primer single del disco, es un himno en toda regla; o la incandescente “Febrer”, o la preciosa (sí, preciosa) y redentora “Celobert” (con la colaboración del trompetista Pep Garau).

Pero más allá de las canciones y el sonido, lo que deja claro este nuevo disco de Saïm es que la ambición de hablar de temas personales y que nos tocan a todos no resta un ápice de compromiso con una manera de entender el rock’n’roll y la música que, en unos tiempos en que todo tiende a la frivolidad, supone un compromiso ético quijotesco, una aventura incierta que todos sabemos cómo termina.

Saïm no son artistas. Saïm tocan en un grupo de rock. Y tocar en un grupo de rock es, y más ahora, una manera de estar en el mundo, una manera de dar sentido a la derrota cotidiana, de ser frágil y no agrietarse. Una manera de errar bien.